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Y al final ... vas a morir

  • Foto del escritor: Gabriel Omar Mendoza Flores
    Gabriel Omar Mendoza Flores
  • 26 sept 2025
  • 3 Min. de lectura

Vas a morir. No ahora con suerte, pero sí. Y por más incómodo que suene, empezar por ahí aclara más la vista que cualquier frase motivacional. Ernest Becker decía que vivimos con un zumbido de fondo: el terror de saber que tenemos fecha de caducidad. Para no escucharlo, montamos “proyectos de inmortalidad”: perseguimos fama de microondas, títulos que nadie recuerda, pertenencia a tribus que nos aplauden mientras sostenemos la respiración. Queremos sentir que somos algo más que animales finitos, así que nos colgamos medallas y filtros. Funciona… hasta que no. Basta una crítica, un fracaso, una arruga nueva para que el edificio tiemble. El ego ese arquitecto entusiasta construyó rascacielos sobre arena.

Mark Manson recoge ese diagnóstico y lo baja a tierra con una grosería amorosa: deja de gastar tus “f*cks” en basura. No porque seas cínico, sino porque eres mortal. Si todo importa, nada importa; si todo te ofende, nada te mueve. Recordar la muerte no es romanticismo oscuro, es administración: hay poco tiempo y menos energía, ¿en qué la vas a invertir? Aceptar la finitud no te vuelve frío, te vuelve selectivo. Cambias la obsesión por ser especial por la decisión de ser útil. Cambias el scoreboard externo por procesos que dependen de ti: decir la verdad, cumplir lo que prometes, cuidar a los tuyos, crear algo aunque sea pequeño. No ganas inmunidad al dolor, eliges mejor qué dolor vale el precio: el de entrenar, el de estudiar, el de conversar incómodo, el de comprometerse; no el dolor absurdo de impresionar a desconocidos.

La negación de la muerte convierte la vida en teatro. Ensayamos escenas perfectas para una audiencia imaginaria y medimos nuestro valor por cuántos ojos nos miran. Por eso el recordatorio duele: desnuda el escenario. Pero esa desnudez ordena. Si hoy fuera el último día, ¿de verdad te importaría tener razón en esa discusión del trabajo? ¿Volverías a abrir la app de métricas para ver si tus números subieron un 3%? ¿Seguirías posponiendo esa llamada porque no es el momento? La muerte, como marco del cuadro, no roba colores; define los bordes. De repente se ve qué parte de la imagen era puro ruido.

Becker lo explicaría como un cambio de sistema de héroe: pasas de querer ser inmortal a querer ser real. Te dejan de interesar las epopeyas que no puedes controlar y, con cierta humildad, eliges batallas que sí están en tus manos. Manson lo traduce en una pregunta tonta y poderosa: “Si supieras que vas a morir pronto (y lo sabes), ¿qué te queda por hacer hoy que te alegraría haber hecho?” No es una invitación a vivir apurado, es una invitación a vivir alineado. Quizá la respuesta sea escribir dos párrafos honestos en lugar de planear la novela perfecta; ir al gimnasio treinta minutos en lugar de diseñar el programa de atleta olímpico; pedir perdón con torpeza en lugar de redactar discursos en tu cabeza. Nada de esto gana likes automáticos, pero gana paz, foco y esa autoestima silenciosa que no necesita pedestales.

Negar la muerte te vuelve reactivo: más tribal, más necesitado de aprobación, más frágil ante cualquier roce. Integrarla te afloja los hombros. Sigue habiendo miedo, pero baja de jefe a consultor. Viene, opina, y tú decides. Hay días en que te gana y vuelves al teatro, claro; la diferencia es que ahora lo notas. Y cuando lo notas, puedes cerrar el telón, apagar la luz y volver al taller.

No se trata de convertir la vida en un culto al borde del abismo, ni de repetir mantras oscuros para sentirte profundo. Se trata de usar la finitud como filtro. ¿Esto cabe en mi epitafio? ¿Esto me acercará a la persona que prometo ser? ¿Este problema que estoy eligiendo pagar con mis horas vale el ticket? Hay respuestas que pican. Bien. El escozor es señal de que la anestesia se está yendo.

Quizá todo lo anterior pueda resumirse en una imagen: te sientas a la mesa con la muerte como si fuera una tía incómoda. No la echas, tampoco la abrazas; le sirves té y le preguntas, con respeto, qué te está recordando hoy. Ella señala lo obvio que tú preferías no mirar: ese proyecto que postergas por miedo a que salga bien, esa relación que mantienes por pereza, ese personaje que interpretas para que aplaudan los tuyos. Asientes, agradeces el recordatorio y te pones a trabajar. Sin épica. Sin violines. Con la serenidad de quien entendió que el tiempo es corto y, precisamente por eso, valioso.

Vas a morir. Yo también. Deja que esa frase afile tu criterio en lugar de enturbiar tu ánimo. Menos grandilocuencia, más presencia. Menos coleccionar trofeos, más hacer lo que dijiste. Menos actuar para la foto, más vivir para que, si mañana no despiertas, puedas decirte en voz baja: valió la pena lo que hice hoy. El resto, honestamente, es ruido.

 
 
 

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