🇵🇪 El país que no termina lo que empieza
- Gabriel Omar Mendoza Flores
- 16 oct 2025
- 4 Min. de lectura
Dicen que las naciones no se definen por sus himnos ni por sus símbolos, sino por los valores que practican sus ciudadanos.
Si eso es cierto, entonces el Perú es, en esencia, un espejo que nos devuelve una imagen difícil de mirar.
Un país sin continuidad
En los últimos 200 años de república, hemos tenido más de 130 gobiernos y apenas una veintena de presidentes que completaron su mandato. La inestabilidad no es coyuntural: es estructural.
Desde el 2016, con la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski (PPK), la vacancia por incapacidad moral se convirtió en la herramienta favorita del Congreso para tumbar gobiernos. Una figura que nació para casos excepcionales terminó siendo usada como excusa política cada vez que un grupo de poder no logra imponerse por vía electoral. Desde entonces, hemos tenido seis presidentes en menos de una década, y la palabra “vacancia” se repite con la misma normalidad con la que antes hablábamos de elecciones.
Cambiamos de presidente como quien cambia de estrategia cuando algo no sale bien, sin importar el costo institucional que eso implica. Nos acostumbramos a empezar de nuevo, a interrumpir procesos, a borrar lo anterior. El país no avanza porque no sabe continuar. Nos cuesta mantener una dirección, sostener una política pública, apostar por una idea más allá del ciclo inmediato.
Y así, nos hemos vuelto expertos en la ruptura, pero analfabetos en la continuidad.

Martin Vizcarra asumió la presidencia de Perú luego de la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski.
Fuente : BBC
La economía del desorden
Más del 70 % de la economía peruana es informal, según el INEI. Eso significa que siete de cada diez personas trabajan fuera del sistema, sin seguridad, sin impuestos y sin derechos. Parece una forma de sobrevivir, pero también es una declaración silenciosa: no confiamos en el Estado porque el Estado nunca confió en nosotros.
No creemos en las instituciones porque las sentimos frágiles o manipuladas. Y así, cada quien inventa sus propias reglas. El resultado es una economía que produce sin institucionalidad, y una sociedad que crece sin orden ni cohesión.
Política sin legitimidad
Nuestra política es el espejo más honesto de nuestra cultura. El Perú vive atrapado en un círculo donde el poder se recicla entre los mismos grupos, y la legitimidad se desgasta con cada nuevo intento de gobierno.
Desde hace varios años, el fujimorismo ha mantenido un control estructural sobre el Congreso y parte del aparato político, incluso sin ocupar la presidencia. Ese poder de veto —ejercido desde el Legislativo— ha marcado una época en la que ningún presidente ha podido terminar su mandato sin ser destituido, vacado o forzado a renunciar.
Lo que debería ser equilibrio de poderes se ha convertido en una guerra de intereses, donde la Constitución se interpreta como herramienta de conveniencia y no como norma suprema. No se respeta el voto ciudadano, ni el tiempo de los mandatos, ni la continuidad institucional. Gobernar en el Perú se volvió una carrera de obstáculos diseñada por los mismos que luego critican la falta de resultados.
Y esa es una muestra más de nuestro reflejo colectivo: no sabemos respetar los procesos. Queremos soluciones rápidas, castigos inmediatos, y no medimos el costo de destruir la poca estabilidad que tenemos.

Fuente: El país. Fujimorismo 25 años de vocación autoritaria.
Una verdad incómoda
Hace poco, hablando con mis amigos, alguien dijo una frase que me marcó:
“El verdadero enemigo del país no es la pobreza, es la corrupción.”
Y tenía razón. La corrupción no es solo un delito: es una cultura. Una forma de entender la vida donde el fin justifica los medios, y donde la ética se vuelve negociable. Está en el político que roba, pero también en el ciudadano que justifica, en el empresario que evade, en el funcionario que “facilita”.
Por eso el país no cambia con elecciones, cambia con valores. Mientras no cuestionemos lo que celebramos —el “vivo”, el “astuto”, el “pendejo” exitoso—, seguiremos reproduciendo la misma matriz que criticamos.
El espejo que evitamos mirar
El Perú no está roto: está mal aprendido. Nos enseñaron a sobrevivir, no a construir. A desconfiar del otro antes de colaborar. A proteger lo nuestro antes de pensar en lo común.
La falta de constitucionalidad, de respeto a los mandatos y de justicia efectiva no son fallas técnicas: son síntomas morales. Porque un país es la suma de sus decisiones colectivas, y las nuestras —como sociedad— han sido cortoplacistas, reactivas y egoístas.
Lo que podríamos ser
No somos un país pobre, somos un país desarticulado.Tenemos recursos, talento, cultura, historia… pero carecemos de una visión compartida. Y mientras no aprendamos a construir sobre lo que ya existe, seguiremos empezando de nuevo, una y otra vez.
El Perú no cambiará cuando llegue el líder correcto, sino cuando dejemos de admirar al que se salta las reglas y empecemos a respetar a quien las cumple. Porque los valores que practicamos son el límite real de lo que podemos llegar a ser.
Un país no se levanta con discursos, se levanta con coherencia. Y la coherencia no se decreta: se educa, se exige y se practica.
El Perú no fracasa por falta de oportunidades, sino por exceso de excusas.Y hasta que no miremos ese espejo con honestidad, seguiremos siendo el país que no termina lo que empieza.



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