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El futuro ya está escrito

  • Foto del escritor: Gabriel Omar Mendoza Flores
    Gabriel Omar Mendoza Flores
  • hace 4 días
  • 3 min de lectura

Manifestantes del grupo PauseAI. 2026


Hay una estadística que me llamó la atención hace unos días.

Por primera vez, muchos jóvenes estadounidenses están mirando hacia los oficios mientras la universidad pierde parte de su atractivo. En 2025, la matrícula en programas vocacionales creció más de cinco veces más rápido que la de las carreras universitarias tradicionales: 11.7% frente a 2.1%.

Y, siendo sinceros, tiene bastante lógica.

Durante décadas nos dijeron que estudiar una carrera universitaria era la apuesta más segura para el futuro. Pero hoy muchos de los empleos de oficina que parecían intocables son precisamente los que están siendo impactados por la inteligencia artificial. Ante eso, los trabajos físicos parecen una mejor apuesta.

Lo interesante es que esta historia ya la hemos vivido antes.

Si algo nos enseña la historia es que los grandes cambios casi nunca avisan.

Cuando apareció Internet, nadie imaginó que terminaría cambiando la forma en que compramos, trabajamos, nos informamos o conocemos personas. Cuando llegaron los smartphones, parecían un teléfono más bonito. Hoy sería difícil pasar un día sin uno.

Con la inteligencia artificial podría estar ocurriendo exactamente lo mismo.

Seguimos hablando de ella como si fuera algo que llegará en unos años, cuando en realidad ya está aquí. Cada semana aparece una herramienta nueva capaz de hacer en minutos cosas que antes tomaban horas. Y mientras eso ocurre, muchos intentan encontrar un lugar seguro donde refugiarse.

Pero la historia está llena de personas preparándose para un mundo que estaba desapareciendo mientras otro nuevo aparecía frente a sus ojos. Los agricultores no vieron venir las fábricas. Los obreros no vieron venir las computadoras. Y probablemente nosotros tampoco estamos viendo con claridad lo que viene después.

Porque mientras miles de jóvenes apuestan por los oficios físicos como refugio frente a la automatización, la tecnología también avanza hacia la automatización del trabajo físico.

El problema es que a los robots aún no les han avisado que harán esa chamba.

No sabemos si ocurrirá en diez años o en treinta. Tampoco sabemos cuáles serán las profesiones más afectadas. Lo que sí sabemos es que cada generación ha creído entender el futuro justo antes de descubrir que estaba equivocada.

Y creo que ahí está el verdadero error.

Siempre intentamos adivinar qué profesión sobrevivirá al próximo cambio, cuando la historia demuestra que casi nunca acertamos.

Tal vez la habilidad más importante del futuro no sea programar, soldar, diseñar o construir.

Tal vez sea adaptarse.

Después de todo, esa ha sido siempre la verdadera ventaja del ser humano. No somos la especie más fuerte ni la más rápida. Tampoco la más inteligente de manera individual. Somos la que mejor se adapta cuando las reglas cambian.

Sin embargo, hay una pregunta que me parece mucho más interesante.

¿Qué va a pasar cuando todo sea reemplazable?

Porque durante siglos hemos asociado nuestro valor a nuestra capacidad de producir. Construir algo. Resolver algo. Fabricar algo. Diseñar algo. Siempre existió una tarea que justificaba nuestra presencia.

Pero si llegamos a un punto donde las máquinas pueden hacer casi cualquier trabajo mejor, más rápido y más barato que nosotros, entonces el trabajo dejará de ser la principal medida de nuestro valor.

Y eso podría ser más desconcertante que cualquier avance tecnológico.

Por primera vez en mucho tiempo, la pregunta dejaría de ser "¿a qué te dedicas?" para convertirse en algo mucho más difícil: "¿qué haces con tu vida?".

Quizás descubramos que nunca estuvimos aquí únicamente para trabajar. Que también estamos para crear, aprender, enseñar, formar relaciones, explorar ideas, contar historias y encontrar significado en cosas que no necesariamente generan dinero ni productividad.

Tal vez la inteligencia artificial no nos obligue a encontrar nuevas profesiones.

Tal vez nos obligue a recordar algo que habíamos olvidado.

Que nuestro valor como seres humanos nunca estuvo únicamente en lo que producimos.

Porque una máquina podrá decirnos cómo hacer casi cualquier cosa.

Pero decidir qué vale la pena hacer seguirá siendo, al menos por ahora, un asunto profundamente humano.

 
 
 

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