Cuando todo va bien, acelera
- Gabriel Omar Mendoza Flores
- 25 jun
- 2 min de lectura

Dennis Rodman y su mejor aliado, un tal Michael Jordan
Siete títulos consecutivos como líder en rebotes.
Cinco campeonatos de la NBA.
Dos veces mejor defensor del año.
11 954 rebotes en toda su carrera.
Y apenas 7,3 puntos por partido.
Ese último dato es el más ridículo de todos.
Porque cuando uno piensa en las grandes leyendas del baloncesto imagina a tipos anotando 40 puntos por noche, encestando triples imposibles y saliendo en comerciales millonarios. No imagina a un sujeto de cabello fosforescente, lleno de tatuajes, técnicamente incapaz de lanzar un tiro libre decente y cuya principal habilidad consistía en perseguir una pelota como si le debiera dinero.
Sin embargo, ahí estaba Dennis Rodman.
Rodman entendió algo que muy pocos entienden: no necesitaba ser el mejor en todo, solo tenía que ser absurdamente bueno en algo.
Mientras el resto practicaba tiros, él estudiaba rebotes. Y cuando digo estudiar, hablo literalmente de estudiar. Analizaba horas de video para identificar cómo rebotaba el balón según quién lanzara. Sabía que un tiro de un jugador podía rebotar hacia la izquierda y otro hacia el lado contrario. Conocía ángulos, trayectorias y efectos mejor que muchos físicos conocen sus fórmulas.
Era un nivel de obsesión que probablemente habría preocupado a cualquier psicólogo.
Pero funcionó.
Lo interesante es que Rodman no empezó a hacer esto cuando estaba al borde del fracaso. Lo hizo cuando ya era uno de los mejores reboteadores de la liga. Cuando la mayoría se habría conformado con "ser suficientemente bueno", él decidió apretar todavía más el acelerador.
Creo que ahí hay una lección importante.
La mayoría de nosotros acelera solo cuando la vida nos pone contra las cuerdas. Estudiamos más cuando estamos a punto de perder una oportunidad. Cuidamos nuestra salud cuando aparecen los primeros problemas. Valoramos a las personas cuando sentimos que podemos perderlas.
Siempre reaccionando.
Pocas veces construyendo.
Y quizá por eso la frase debería ser al revés:
Si todo va bien, no te relajes. Aprovecha.
Porque el mejor momento para construir algo extraordinario es cuando todavía no lo necesitas.



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