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Papa León XIV: ¿Un peruano en el Vaticano o un romano en Perú?

  • Foto del escritor: Gabriel Omar Mendoza Flores
    Gabriel Omar Mendoza Flores
  • 18 may 2025
  • 3 min de lectura

Fuente: Latina Noticias
Fuente: Latina Noticias

El obispo que comía ceviche y visitaba el mercado modelo de Chiclayo ahora usa vestiduras blancas y lidia con cardenales italianos. Robert Prevost, ahora León XIV, pasó de administrar una diócesis en un país con corrupción sistemática a administrar una iglesia con escándalos sistemáticos. La ironía es perfecta: un estadounidense que se hizo peruano será ahora quien decida si la iglesia seguirá siendo europea o finalmente se volverá latina, como la mayoría de sus feligreses.

En los medios locales lo celebran como "el Papa peruano", en Italia lo siguen viendo como "el americano", y mientras tanto, él debe estar pensando en cómo resolver las crisis que le dejó su predecesor. Porque si algo aprendió en sus años en Perú, fue a navegar crisis interminables sin que se le mueva un pelo.

Es fascinante cómo todos quieren apropiarse de su identidad. Los chiclayaneros cuentan anécdotas de cuando caminaba por sus calles; los estadounidenses resaltan su formación en Chicago; los europeos enfatizan su educación vaticana. Todos quieren un pedazo del pontífice, como si su nacionalidad fuera un botín político. Mientras tanto, la pregunta real no es de dónde viene, sino hacia dónde llevará a la Iglesia.

Su experiencia latinoamericana no es un detalle menor. León XIV conoció de primera mano la religiosidad popular de una región donde el catolicismo se mezcla con tradiciones indígenas, donde las procesiones atraen a más gente que las misas dominicales, y donde la fe se vive más en la calle que en el templo. Vivió en un país donde el 76% se declara católico, pero donde el divorcio, los hijos fuera del matrimonio y los abortos son parte de la vida cotidiana sin que nadie sienta contradicción alguna.

A diferencia de sus predecesores europeos, Prevost no solo leyó sobre la pobreza en encíclicas; la vio en las periferias de Chiclayo. No teoriza sobre la corrupción; tuvo que navegar en sus aguas turbias cuando intentó construir proyectos sociales. No especula sobre la migración; recibió a los extranjeros que llegaban sin nada. Esta experiencia probablemente haga que su pontificado tenga menos teología abstracta y más pragmatismo pastoral.

¿Podrá un papa con experiencia peruana cambiar una institución de 2000 años? El Vaticano es como un gigantesco transatlántico: cambia de dirección lentamente y cualquier movimiento brusco amenaza con hundir todo. La Curia Romana tiene más capas burocráticas que el Estado peruano, y eso ya es decir mucho. No es solo cuestión de voluntad, sino de saber navegar un sistema diseñado precisamente para resistir cambios.

Lo interesante será ver cómo su experiencia en Chiclayo, donde tenía que hacer milagros con presupuestos limitados y donde dependía del compromiso de laicos para hacer funcionar sus proyectos, podría traducirse a nivel global. Si algo caracterizó su obispado fue su capacidad para delegar y confiar en equipos locales, algo revolucionario en una institución tan jerárquica como la Iglesia Católica.

Pero la pregunta del millón es: ¿Realmente importa tener un papa con pasaporte peruano? Para los fieles peruanos, es un orgullo nacional, como ganar un Mundial o un Nobel. Para la Iglesia global, lo relevante no es su DNI sino su capacidad para entender que el futuro del catolicismo no está en las catedrales europeas sino en las capillas de bambú de la Amazonía, en las parroquias de concreto de las periferias latinoamericanas, africanas y asiáticas.

Al final, lo que definirá el legado de León XIV no será qué tan peruano se sienta, sino qué tan universal logre hacer a una Iglesia que sigue pensando con mentalidad europea mientras su feligresía es cada vez más latina, africana y asiática. El reto no es pequeño: hacer que el centro se dé cuenta de que ahora está en la periferia.

Y si algo aprendió en Perú, es que a veces hay que desordenar un poco las cosas para que funcionen mejor. Porque en Chiclayo, como en Roma, la teoría siempre es perfecta, pero la práctica siempre es un dulce caos.

 
 
 

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